martes, 25 de octubre de 2016

Un poquito de sombra

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Hoy os contaré una pequeña historia:

"Hacía un día radiante de sol. La chica había disfrutado como nadie del agua fresca de la piscina. Pero ahora, permanecía sentada en los escalones de su entrada. Inmóvil, como petrificada. Desde las ventanas de las viviendas que rodeaban la piscina, los vecinos se asomaban entre curiosos y asustados. Se preguntaban qué estaba ocurriendo, qué era aquello que no acababan de entender. Alguien, finalmente se informó: la chica había recibido un fuerte impacto mientras nadaba. Uno de sus amigos le había saltado encima accidentalmente. No podía moverse. El dolor y el miedo la mantenían como paralizada, con medio cuerpo en el agua y el resto bajo el ardiente sol. Al conocer la noticia los vecinos se movieron inquietos. Pero sus amigos ya se habían encargado de llamar a la ambulancia. Nada quedaba por hacer. El asunto era demasiado grave como para que nadie pudiese ayudar en nada. Así que cada uno reaccionó según su parecer:  algunos simplemente dieron el tema por zanjado y se volvieron a sus casas, a sus propios asuntos. Otros  permanecieron observando de lejos, comentando la situación y conjeturando sobre lo que podría o no sucederle a la pobre chica.
Ella mientras tanto permanecía sentada, acompañada por sus angustiados amigos que buscaban ayuda sin saber dónde, ni de qué manera.
 Yo, era una de las que observaban la escena. Mi hijo me preguntaba angustiado qué podíamos hacer. Al principio, ante la magnitud del problema y visto que la ayuda estaba en camino pensé en contestarle..."nada". Pero entonces me di cuenta de algo. Cogí la sombrilla que teníamos puesta en el patio y me acerqué hasta ella. Al menos, podría proporcionarle algo de sombra. Hacer su espera un poquito más llevadera. Al acernarnos nos dimos cuenta de sus hombros y la  piel de su rostro enrojecidos. Al recibir la sombra sobre su acalorado cuerpo la chica nos miró y nos dio las gracias. Sus amigos también.
Poco después la ambulancia llegó y se llevó a la joven. Nunca más supimos de ella ni de su destino.
A veces me acuerdo de ella y me pregunto qué pasaría después. Y me alegro de que, al menos, pudiera ofrecerle aquel mísero consuelo en ese amargo trance. Y recuerdo su carita agradecida y aquella triste sonrisa.

A mi también me han ofrecido a veces el consuelo de un poquito de sombra. Quizá a quienes la ofrecen les parezca una miseria: Un poco de sombra es tan poca cosa... Pero a veces, cuando el sol aprieta y la sed se vuelve compañía, un poquito de sombra es un maravilloso privilegio. Por eso, cuando la sombra sin saber porqué un día se va, se echa de menos. Y por eso, siempre recordamos las manos que un día tuvieron el tiempo y las ganas para abrir para nosotros una pequeña sombrilla.
Yo siempre llevo una conmigo (aunque no se vea)...por si acaso."

miércoles, 19 de octubre de 2016

APRENDER A LEER CON LAS MANOS






Aprender a leer es uno de los retos más importantes de la primera infancia a nivel académico. Este proceso habitualmente se produce de una manera sencilla cuando los niños adquieren la madurez cerebral suficiente. En los colegios españoles, este aspecto sin embargo, no se suele tener en cuenta a la hora de abordar esta enseñanza y se comienza casi nada más llegar a las aulas. Con tres, cuatro y cinco años, los niños tienen muchas cosas importantes que aprender. Y leer no es una de ellas. Fuera de España, los países más avanzados no comienzan con la lectoescritura hasta pasados los seis años. Hasta ese momento, el colegio es un lugar en el que aprender a jugar con otros compañeros, a interactuar a través del juego, la música y el arte, a gestionar las emociones, a reirse, a empatizar, a cuidarse a uno mismo y a su entorno...a ser personas y sobre todo,,. a ser felices. Y en España pretendemos que a los seis años nuestro pequeños ya sepan leer y escribir. Es cierto que algunos niños para ese momento ya lo sabrían igualmente, pero la cuestión es cómo se ha aprendido: si mientras tus mayores te leen cuentos a diario haciendo de leer una aspiración alegre y relajada, o sentado ante las letras, llevando ya "tarea de leer" a casa con cuatro años. Si los niños están neurológicamente preparados para ello, la lectura llegará de forma fluida y el momento en lo lo haga no marcará ninguna diferencia.
Mi hijo mayor aprendió a leer con cuatro años. Leyendo cuentos por la noche se iba fijando en las letras que aparecían. Y casi sin darnos cuenta un día ya sabía leer. Sus compañeros, en su mayoría tardaron un par de años más. Y, por supuesto, a día de hoy todo leen igual de bien.

Pero lo que quería comentar hoy es que, cuando llega el momento de aprender a leer no todos los niños acceden a esa habilidad con la misma facilidad. En los colegios se sigue utilizando básicamente el mismo método de siempre para aprender. Con diferencias en pequeños aspectos, el método sigue siendo aprender las vocales, luego las consonantes y después unirlas. Siempre con el papel como medio.

Sin embargo hay métodos alternativos de aprendizaje que abren nuevos caminos a través de otros sentidos. Esto es útil en todos los casos, porque trabajamos con otras áreas cognitivas y abrimos caminos a la lateralidad en el aprendizaje. Pero sobre todo es estupendo en los niños que tienen dificultades con este aprendizaje.

Las personas procesamos la información que nos llega a través de los diferentes canales, de maneras personales. Es decir, a algunos la información que llega de forma visual nos resulta más accesible. A otros es la que es recibida de manera auditiva. A otros, la táctil... Saber qué canal es el dominante en cada niño ayuda a la hora de entender su acceso a la información. Hay que observar para saber cuál es.

En 1980 Ronald Davis, una persona con dislexia, descubrió una manera diferente de tratar los problemas que esa peculiaridad acarreaba a quienes la tienen. Concretamente a él mismo. Centrado en la visión de las múltiples inteligencias y buscando una manera de trabajar diferente encontró en la plastilina una manera increíblemente eficaz para conseguirlo. Su método, pensado para dislexias, es exportable a cualquier otra necesidad de aprendizaje diferente.

http://www.davislatinoamerica.com/metodo-davis/ron-davis
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Básicamente se trata de crear las letras con plastilinas, aplicándolas sobre una tira con el alfabeto impreso de manera muy clara y con un tamaño muy reconocible, como cinco dedos de alto (primero en mayúsculas y después en minúsculas). Los niños, cada día en sesiones cortas y repetidas irán creando las letras divirtiéndose con el material, dándole una nueva dimensión mental a las letras, interiorizando formas y volúmenes en lugar de trabajar con las 2 dimensiones habituales.

De esta manera, de pronto, el alfabeto pasa de ser algo intangible, una realidad compleja por su abstracción, a ser algo con entidad física que se puede asumir intelectualmente usando otras capacidades.

La clave para su eficacia es, como siempre, la constancia. Y desde luego, la tranquilidad. No hay prisa, no hay metas que cumplir, no hay presión. Hay que dejar que esa actividad sea siempre atractiva, dejando a los niños con ganas de más, sin dejar que lleguen a cansarse de ella.

Tener una caja especial para guardar el material, la plastilina y la cinta (plastificada o forrada con cinta adhesiva) con nuestro alfabeto enrollado es importante. Y tener una rutina en la que ese sea el momento esperado, también.

Este sistema se puede compaginar con otros.

Los que más me gustan a mi son los que apoyan el aprendizaje de las letras con gestos. Esto trabaja en la misma línea que el anterior, usando otros mecanismos para interiorizar los sonidos y las grafías. En los colegios se suele usar también, desde hace años, un método en el que se desarrollan historias que dotan de personalidad a cada letra. Esto hace que sea más entretenido y da otras claves para recordar cada símbolo asociado a su sonido.

Para mí, una combinación de todos los sistemas es el camino más eficiente. Poco a poco, asumiendo la manera de aprender de nuestros hijos y adquiriendo sus ritmo sin imponer el nuestro, haremos de este reto un proceso más suave, más divertido y más enriquecedor.


martes, 18 de octubre de 2016

La autoestima: el primer escalón.





Mi hija es alegre.
Mi hija es hermosa.
Mi hija es cariñosa.
Mi hija es empática.
Mi hija es ordenada.
Mi hija es trabajadora.
Mi hija es graciosa.
Mi hija es ingeniosa.

Sin embargo...

Mi hija se siente triste.
Mi hija cree que es muy fea.
Mi hija se muestra arisca.
Mi hija se aleja de los demás.
Mi hija pierde en interés en sus cosas.
Mi hija se rinde antes las dificultades.
Mi hija se ofende con las bromas.
Mi hija está a la defensiva.


En medio de esas dos listas hay algo muy simple. Tan simple como un colegio. 

Un lugar en el que la convencieron de que no era capaz ni de hacer la fila y la llevaban de la mano la primera. A ella, que es la primera que se levanta de la cama y se viste, eso sí, después de combinar cuidadosamente el modelito del día ("mamá, tú no entiendes de moda").

Un lugar en el que un día, la profesora de PT, en medio de una conversación en la que yo mencionaba lo bonita que iba a ser de mayor me corrigió y me dijo "bueno...atractiva" y los niños la llamaban fea sin cesar, por sus ojos de almendra.

Un lugar en el que nadie la invitaba a los cumpleaños, incluso si, por compromiso acudían a suyo.

Un lugar en el que la convencieron de que no sabía recoger su material y hacían que otros niños lo hicieran por ella. A ella, que se hace la cama cada mañana y que recoge todos sus juguetes. A ella que conserva las mismas ceras desde hace tres años.

Un lugar en el que nunca le dieron alas para aprender y donde, cuando yo les contaba los grandes avances que observaba trabajando con ella en casa me contestaban..."bueno, bueno...con los pies en el suelo" y la ponían a colorear en un rincón.

Un lugar en el que una niña la acosó durante dos años sin que nadie en el colegio pusiera remedio. A ella, que deseaba más que nada en el mundo tener amigas.

Un lugar en el que el castigo cuando según ellos se lo merecía, era llamarla bebé y llevarla a la clase de los más pequeños del colegio. 


¿Porqué lo aguantamos? Porque a veces no ves lo que tienes delante de tus narices hasta que te alejas un poco. Porque la vida no nos permitía escoger en ese momento. Porque  estábamos abrumados y nos convencían de que no había otra manera de hacer las cosas. Porque hasta en esto, hay que aprender y nosotros éramos ignorantes en este territorio.

Mi hija se enfrenta ahora a un gran desafío. Un colegio nuevo en el que, por ahora (tengo demasiadas heridas como para confiar completamente) le han abierto los brazos. Es un macrocolegio con cientos de niños de todas las edades. Y muchos, muchos de ellos, son niños especiales en inclusión. O sea, en un aula normalizada. 

Yo tenía tanto miedo...un colegio tan grande y mi niña tan pequeña. ¿Y si realmente no sabia hacer la fila? ¿Y si, como me decían, no era capaz de estar sentada ante su pupitre como los demás? ¿Y si, y si, y si...?

El primer día la acompañé hasta el patio donde hacen la fila, ya dentro del recinto escolar. Esperé a que entrase y le tiré un montón de besos. Ella se fue tan feliz.

Al día siguiente, antes de salir para el colegio, me dijo muy seria: "Mamá, haz el favor de no acompañarme hasta dentro, que me dejas en ridículo. Y no me mandes besos. Ya me los darás luego." La dejé en la puerta envuelta en una marabunta de niños que entraban al colegio. Y la vi alejarse, con su mochila al hombro, camino al patio en el que se colocó en su lugar en la fila. Una niña más. 

Ni más ni menos lo que es.

Sin embargo aún nos queda mucho camino por andar antes de que ella vuelva a sentirse igual que las demás. Su autoestima está muy dañada. Y su confianza en los demás también. Y ese es el primer escalón que hay que superar para afrontar cualquier tipo de aprendizaje. Tan convencida está de que no puede aprender que cuando se enfrenta a un reto se bloquea, se frustra y abandona. Es  una actitud de supervivencia. Si tu experiencia se basa en el fracaso huirás de las circunstancias que históricamente te lo han proporcionado. Un ejemplo: está aprendiendo a leer y jugando, lee las palabras por separado sin ninguna dificultad. Hasta que, de pronto, se percata de lo que está haciendo. En ese momento, deja de ser algo divertido para ser algo angustioso y quiere dejar de hacerlo.

La confianza en las propias posibilidades es imprescindible para aprender. Corregir demasiado, exigir de forma impaciente, no valorar los pequeños pasos, despreciar la iniciativa, dar más importancia al error que al acierto, comparar con otras personas y sobre todo, no aceptar la forma de aprender de cada niño son errores que pueden herir de forma grave la capacidad de nuestros hijos de sentirse capaces. 

Ahora mi reto es conseguir que sepa cuánto vale y que crea, igual que nosotros sabemos, que es una niña maravillosa.

Su nuevo profesor en la primera reunión del aula nos dijo una sencilla frase: "Ella es, sin ninguna diferencia con el resto de sus compañeros, una niña más en el aula".

Qué pedazo de frase. Creo que me la voy a enmarcar...

jueves, 31 de marzo de 2016

ESE CRUCERO AL QUE NUNCA FUIMOS

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La normalidad es como un crucero de lujo. Cuando nacemos se supone que todos seremos alegres pasajeros de ese fantástico viaje. Y a veces es así: algunos embarcarán rodeados de comodidades y estímulos, de diversión, luz y alegría. Sin embargo, hay otros, muchos más de los que se piensa, que se quedarán en el puerto, viendo como el cómodo barco se aleja de ellos.

Desde la cubierta, los felices pasajeros ven a los que se quedaron en tierra y sienten que son los afortunados poseedores de un destino especial. Y miran a quienes se quedaron preguntándose qué pasó con ellos, sintiéndoles diferentes.

Sin embargo ese es un crucero fantasma. La normalidad es un mero espejismo. Un momento que, como el viaje de un crucero, puede acabar en cualquier puerto. Para cualquiera.

Desde ese momento, la vida de los viajeros en tierra es una lucha por encontrar un lugar adecuado donde poder instalarse y disfrutar del paisaje. Porque, por supuesto, también en tierra hay hermosos amaneceres y prodigiosas puestas de sol.

Y ese viaje de búsqueda, la verdad, no suele ser nada fácil. A veces hay que abrirse hueco a codazos. Esta lucha, tristemente, empieza muchas veces en las escuelas.

Es penoso ver cómo, de vez en cuando, se escucha a alguien mencionar algún colegio en el que los niños con necesidades especiales son bien acogidos, en el que se atiende a sus peculiaridades sin discriminarles, en el que se buscan caminos alternativos al aprendizaje. Es penoso porque se menciona siempre como un descubrimiento, como si se hubiera encontrado una pepita de oro entre la grava de un río.

La triste y dramática realidad es que los colegios que realmente no discriminan, con todo lo que eso conlleva de verdad, son muy escasos. Y el motivo es muy simple: porque las personas que, de verdad, no discriminan también lo son. Los colegios no son entidades autónomas ajenas a las emociones e ideas de quienes las integran. Son sólo vehículos a través de los cuales, quienes trabajan en ellos se expresan. Se escucha muy a menudo que no se puede dar más apoyo a los niños en situación de desventaja porque las administraciones no los proporcionan. Pero eso no es más que una vergonzosa excusa.

Es cierto que las horas de trabajo de los profesores de pedagogía terapéutica, de los logopedas, de los orientadores son muchas menos de las que hacen falta. Pero es mucho más cierto que, cuando los profesores están realmente interesados en sacar adelante a todos sus alumnos, independientemente de sus circunstancias, esas trabas son mucho menores.

De hecho, la diferencia en la calidad de la enseñanza entre unos colegios y otros, en cuanto a discapacidad se refiere, no suele estar directamente relacionada con el número de horas de apoyo, o de clases especiales que se proporcionen a los niños.

¿Dónde está entonces la diferencia?

En las personas. Decir que nosotros no discriminamos a los niños con peculiaridades personales es fácil. Pero llevarlo a cabo no lo es. Supone aceptar muchas cosas y buscar caminos alternativos constantemente. Entender que convivir supone algunas renuncias y acomodaciones. Aprender a ver detrás de lo aparente y descubrir la riqueza oculta en cada uno de ellos. Dejar de sentir que nuestro estado es mejor por estar más adaptado a las exigencias sociales. Dejar de creer que estamos a salvo del dolor alejándonos de las personas que nos duelen.

Ahora mismo, yo conozco de cerca la experiencia del rechazo y el abandono. Mi hija y yo hemos sentido el dolor de vernos despreciadas por llevar con nosotras demasiados problemas. Hemos visto ya tantas espaldas alejarse...

Sacan a nuestros niños diferentes de las aulas normalizadas "invitando" a las familias a buscar lugares más adecuados. "Limpian" los colegios de niños que no corren, que no hablan, que no piensan tan deprisa, que no aprenden igual que los otros. Qué bonito. Qué orgullosos se sienten esos "maestros" cuando sacan a sus niños perfectos a sus escenarios decorados con palomas de la paz y manos unidas, en cualquier representación para las familias. Todos igualitos, todos sanos, todos perfectos.

Y yo me pregunto. ¿Qué tipo de adultos serán mañana esos niños a los que ahora les quitaron la oportunidad de aprender que no hace falta ser iguales para serlo? ¿Qué aprenderán esos pequeños que ven cómo sus mayores apartan de su lado a los niños con problemas? ¿Cómo tratarán a las personas con discapacidad si para ellos es algo ajeno a la vida normal?

No tengo muchas dudas al respecto. Los niños, generosos y abiertos por naturaleza, solo necesitan la oportunidad de crecer en un ambiente rico emocionalmente, en el que todos tengan cabida, para aprender a gestionar cualquier tipo de relación de forma positiva.

¿Y sabéis lo peor? Que esos adultos estupendos que hacen que sus hijos aprendan a rechazar a las personas con problemas, los que no las quieren en sus aulas, los que no los quieren como amigos para sus hijos, serán un día parte del grupo de las personas dependientes. Quizá por algo sobrevenido, pero no me refiero a eso, de lo que nadie por cierto, está a salvo;  Me refiero a que, si la vida les trata bien y llegan a ser ancianos...esos niños que ya serán adultos serán los encargados de velar por su calidad de vida y su bienestar.

Cómo suele decir mi padre..."que dios nos coja confesados".

Mientras tanto, mientras ellos también van creciendo y aprendiendo a ser personas, los niños con cualquier tipo de singularidad aprenden a sentirse inferiores y defectuosos. Terrible. De verdad.

UN AMIGO DE MARTE




El lenguaje es la puerta de entrada el mundo. A través de él nos conectamos con los demás; nos representamos y nos creamos constantemente a través de él. Nos da identidad, nos explica y nos identifica.  Es nuestra herramienta más primaria. Aún antes de poder controlar nuestras más básicas expresiones faciales ya somos capaces de emitir sonidos que nos hacer visibles y nos reportan atención y cuidados.
Entonces ¿Qué pasa cuando esa puerta no se abre, o permanece entornada?
O cuando, ni siquiera es una puerta. Cuando no es más que una ventana desde la que ver sin ser oído. Desde la que asomarse a un mundo que no nos escucha, que nos ve y no nos entiende. Que nos mira y no sabe que estamos ahí, ávidos de atravesar ese cristal, deseosos de salir afuera y poder mostrar nuestra propia y particular identidad.

Hay personas que saben exactamente qué pasa entonces. Como Pablo.

El cuento de Pablo y el marciano

Pablo es un niño como todos los demás. Le gusta sentirse seguro. Le gusta que sus padres le quieran. Le gusta tener amigos. Le gusta jugar a la pelota. Le gustan las cosas ricas para comer. Le gusta ser felíz.

Pero Pablo no puede hablar. Como muchos otros niños autistas el lenguaje es para él esa puerta con las bisagras endurecidas que no se acaba de abrir. Y sus emociones, sus tristezas, sus miedos, sus decepciones, sus alegrías y sus esperanzas se quedan ahí, atascadas esperando a que los demás den con la clave que les permita descifrarlas. No siempre ocurre. Y Pablo espera, detrás del cristal de la ventana a que un día se vuelva más sencillo ser quien es y mostrar su mundo personal, hermoso y brillante, a los demás.

Cuento de pabloPor eso ha escrito un cuento. Un relato lleno de imaginación en el que sueña con un mundo alternativo en el que no poder hablar no es un impedimento para la amistad. En su imaginación vuela hasta otro planeta para lograr al fin, ese amigo que no le vea solo por fuera y que sepa leerle por dentro sin prejuicios y sin etiquetas.

Si ese mundo está en Marte, yo quiero ser marciana. Por Pablo y por todos los Pablos que sueñan con volar hasta allí.

Este es el enlace al cuento de Pablo. A él le gustaría que todo el mundo lo leyera, para que Marte dejase de estar tan lejos. Y para que todos los que creen que detrás de un autismo no hay nada, descubran la riqueza que espera detrás de muchas puertas y ventanas entornadas.

Me gustaría pediros que difundierais este cuento y me ayudarais a darle toda la difusión posible. Vamos a traernos a Marte a los patios de los colegios, a los parques y a las calles.

El cuento de Pablo y el marciano





domingo, 31 de enero de 2016

La madre biológica. El gran tabú.



Con siete años mi hija explora el mundo sin cansarse. Es una navegante emocional muy curtida, a pesar de su corta edad. Cada día reflexiona sobre algún aspecto nuevo de sus sentimientos, de los míos, de los de su entorno y saca sus propias conclusiones.

Ha sido siempre como un scanner viviente del mundo emocional que la rodea. Tiene ese don. Y desde siempre ha sido muy consciente de sus orígenes adoptivos. Desde, quizás, demasiado pronto, sorprendiéndonos a todos con comentarios y preguntas que esperábamos mucho más tarde.

Ahora hemos dado un paso más.

La niña siempre ha sabido que su origen biológico no partió de nosotros. Nunca hemos cometido el error de crear una falacia que nos lo hiciera más fácil en algún momento. Pero siempre hemos ido poco a poco, respondiendo a sus preguntas sin irnos más allá de lo que ella demandaba. Sin embargo, a pesar de la transparencia, de que mi hija ve en su cara cada día sus diferencias biológicas con su hermano y con nosotros, sus padres, de las fotos y cuentos que le cuentan la historia de su llegada a la familia, a pesar de todo eso mi hija tiene dudas.

Ella pasó, como muchos niños adoptados, por la fase en la que quería escuchar que estuvo en mi barriga y no quería oír hablar de su adopción. Quiso jugar a que era un bebé que nacía y llegaba a mis brazos pequeñito, pequeñito, para recrear esos momentos que no compartimos. Quiso oír una y mil veces, cómo la buscamos, cómo la encontramos, cómo la quisimos...que lo nuestro es para siempre. Y aún así...

¿Os habéis parado a pensar en el poder oculto del lenguaje? La forma de expresar determinadas cosas define mucho del mundo sentimental que subyace tras de él. Mi hija llevaba tiempo diciéndome: "Eres mi mejor mamá". Una frase sencilla. Cabría pensar que el uso del posesivo es solo un pequeño defecto de     expresión. Pero no lo es. Hay todo un universo por detrás. Muchas preguntas sin resolver.

Yo ya había abordado muchas veces con la niña el tema de la madre biológica. Una cuestión inseparable de la historia de mi hija que siempre quise que formase parte de su vocabulario natural, para evitar desgarros cuando tarde o temprano esa expresión y esa idea aparecieran. Sin alardes, sin dramas, sin momentazos. Simplemente se mencionaba de vez en cuando, cuando venía al tema: una conocida embarazada podía ser el desencadenante, por ejemplo.

Y parecía que estaba claro.

Pero más allá de nuestros intentos de dar al asunto una forma dulce, la cuestión del abandono es un dolor que tarde o temprano será descubierto y sufrido por nuestros niños. Y con él, las grandes preguntas acerca de la madre primigenia, la biológica, la de la barriga, la que queráis. La que les parió y les puso en el mundo. Y ahí estaba mi niña. Con sus dudas masticadas en su pequeña mente sin atreverse a salir.

Por fin, el otro día, cuando de nuevo me otorgó el título de "su mejor madre" le pregunté directamente en quién pensaba. Fue el momento de abrirle otra vez las puertas a sus deseos de saber. ¿Porqué, en qué momento, ha llegado ella a la conclusión de que mencionar o preguntar sobre su madre biológica puede no ser adecuado? Quizás en su propio miedo esté la respuesta.

Miedo a indagar en un dolor que el abandono tatúa en el corazón de nuestros hijos adoptados.

Unos días más tarde me acordé de que tenía en casa el cuento que escribió Mercedes Moya (pincha aquí para conocerla) para explicar la figura de la madre biológica a los niños. Y se lo leí. Y simplemente con ver su cara, ya sabía que cada palabra estaba llegando al lugar preciso al que tenía que llegar.

La historia es la de un niño que se da cuenta de que tuvo dos madres: una biológica y una adoptiva y el impacto que esta revelación causó en él. Mi hija, que se distrae con facilidad, no perdió ni un detalle. Fue poniendo imágenes a sus dudas y dándole respuesta a cosas que no sabía formular. Al acabar, me pidió que se lo leyese de nuevo. Sonreía y hacía comentarios positivos, demostrando empatía y disfrutando del relato con toda normalidad.

¿Sabéis cuáles fueron sus palabras al terminar el cuento? Me miró muy seria y, al hilo de lo que decía el cuento, me dijo: "Claro mamá, porque las madres no se cambian. ¿verdad?"."No, mi amor. Tu familia es para siempre". Y se acurrucó a dormir con una sonrisa en la cara.
 Para conocer el cuento ¿Yo tengo dos mamás? pincha aquí

Sé que hay muchas corrientes de pensamiento sobre este tema en el mundo de la adopción. He de reconocer que yo, antes de tener a mi hija, era bastante fundamentalista al respecto. Decía y creía que su única madre era yo. La que la amaría siempre, sin condición. Y eso era lo que pensaba que debíamos transmitir para crear seguridad en nuestra hija cuando llegase a casa.

Pero a día de hoy creo que estaba en un tremendo error. Soy la segunda madre que mi hija ha tenido en la vida. Se lo puedo contar de mil maneras diferentes. Camuflarlo bajo palabras preciosas, contarle los cuentos más dulces que oculten la dura realidad. Pero siempre estará ahí. Esperando el momento adecuado para hacerse presente en su vida. Quizá cuando su madurez le enfrente a la situación con más herramientas para descifrar lo que se esconde detrás de las frases tan cuidadosamente construidas. Quizá cuando alguien se lo lance a la cara como un reproche. Quien sabe. Pero el abandono es un hecho inseparable de su historia. Y con él, su madre biológica, la que la creó, la parió y la abandonó (y figo esto sin juicios de valor, como un hecho, con los mil matices de esta acción).

Cada niño es un mundo, ya lo sabemos. Y cada cuál se enfrenta a la vida como puede. Pero creo que incorporar con naturalidad la figura de la madre biológica al vocabulario, a las conversaciones de nuestros hijos, les puede ir dotando de herramientas para enfrentarse a su realidad cuando sean mayores.

A mi hija ya le habían dicho en el colegio que yo no era su madre verdadera. Ahora es ella la que explica que tuvo otra madre que la llevó en la barriga pero que, según sus palabras "esta es mi mejor mamá. Mi mamá verdadera y para siempre".

Quizá exactamente las palabras que ella necesitaba en este momento para sentirse segura.

¿Qué voy a decir yo? ¿Que me gustaría ser la única? ¿Que me gustaría haber tenido el privilegio de parirla? Pues si. Pero la vida es como es, no como nos gustaría que fuera. Y yo quiero saborearla, así sin perderme ni un trago.

Ayer, charlando en el coche, en un momento de intimidad sacó de nuevo el tema. Y las dudas, esas que parecía que no existían, salieron a borbotones. Sin pudor ya y sin recelos. Sabiendo que podía contar conmigo también en eso. Hablamos, repasamos, y cuando al final, su necesidad de hablar del tema se sació cambió tranquilamente a otra conversación más trivial.

Al final del día, cuando se iba a acostar, me dijo.

"Mamá, tú eres mi única mamá. La mejor mamá del mundo."

¿Notáis la sutil y brutal diferencia? Yo si. Y ella también.

miércoles, 27 de enero de 2016

APRENDIENDO EN CASA. RECURSOS EN LA RED.

Mientras en la sociedad existe un debate acerca de la conveniencia de las tareas escolares y de la cantidad de tiempo y esfuerzo que estas deberían acarrear a los alumnos, los padres de niños con dificultades nos enfrentamos a otro planteamiento diferente: ¿hacemos suficiente por nuestros hijos en el tiempo que pasan con nosotros?

Mi hija vuelve a casa a la hora de comer. A priori parecería que disponemos de toda la larga tarde para aprovecharla de mil maneras diferentes. Pero la realidad es que cuando tu hija no puede avanzar al ritmo que el colegio impone, te enfrentas a la necesidad de tratar de ayudar en casa. Y eso, muchas veces, a costa del tiempo de juego y de relax que sería el ideal. Desde fuera parece muy sencillo. Las madres no deben ser terapeutas de sus hijos, ni maestras, ni entrenadoras...pero entonces, cuando estos profesionales no están disponibles o su trabajo no tiene suficiente presencia ¿quién se ocuparía de ese tema? La respuesta es sencilla: si se tienen muchos recursos económicos y se vive en el lugar adecuado, y se dispone del tiempo necesario... quizá se pueda conseguir toda la ayuda externa que se precise. En caso contrario, toca ponerse en acción.

Sobre todo porque hay una corriente de desaprensivos que consideran que los padres de niños con dificultades somos presa fácil para aplicarnos tarifas abusivas por servicios de eficacia poco demostrable. Hace poco localicé a un gabinete de profesionales pedagogos y psicólogos que desarrollan ayudas para dificultades de aprendizaje. ¿Sabéis cuál era su tarifa? 36 euros la hora. Esto traducido, sería, por veinte días al mes (una hora cada tarde) un total de 720 euros. Casi nada. Y me da rabia porque, independientemente de la formación del profesor, no va a dejar de ser una clase particular. Sin más material extra que la encarezca ni otros aditamentos que justifiquen ese precio. Salvo quizás, que la desesperación pueden convertir en buenos clientes a los padres de niños con problemas. Una desvergüenza de la que me encuentro muchos ejemplos a diario.

Esta necesidad de encontrar ayudas accesibles te convierte en una profesional de la búsqueda de recursos educativos en la red. Programas de desarrollo lector, de matemáticas, métodos y disciplinas alternativos, enfoques pedagógicos distintos... Puede llegar a ser abrumador. Y agotador, os lo aseguro.

Al final, cuando te enfrentas a la gran cantidad de opciones más o menos adecuadas a tu caso que te encuentras hay que tomar un postura mental de supervivencia: "no sé si lo que intento es lo mejor, pero es lo mejor que tenemos ahora mismo". Lo digo porque a veces, la sensación de que ente tanta oferta puede estar escondida la respuesta a nuestras plegarias, es un poco angustiosa. Y nos puede crear inseguridad ante cada nuevo paso. Sobre todo porque en internet abundan las opciones pero muchas veces, lo que nos encontramos después de intentar algo nuevo, es una decepción: programas que parecen improvisados, sin rigor o sin continuidad.

Claro que no todo es así. Hay algunas sorpresas que pueden, de pronto, simplificarnos un poco la existencia en este sentido. Hace ya varios meses que descubrí un programa de aprendizaje matemático que se ha convertido en nuestro mejor aliado. Se trata de un sistema llamado Smartick. Lo había oído mencionar a una amiga mía, pero no pensaba que sería adecuado para nosotras. Hasta que llegó el verano, y aprovechando el tiempo libre decidí utilizar la oportunidad de probarlo gratis dos semanas, que ten dan en su web. Y fue una auténtica sorpresa.

A mi hija le encantó desde el primer momento. Su planteamiento visual, colorido y sencillo, su sistema de recompensas, la posibilidad de manejarlo ella sola desde la tablet...

Han pasado muchos meses y cada día, sin excepción, mi hija se sienta con su tablet en el regazo, con la misma ilusión que si fuera a jugar a uno de esos juegos que tanto les gustan. Se ha convertido en su rutina favorita a pesar de que es un momento "de estudio".

Durante tan sólo quince minutos, mi hija resuelve ejercicios matemáticos con tan solo tocar la pantalla. El algoritmo del programa es tan eficiente que es capaz de adaptarse perfectamente a los avances y retrocesos de la niña, retándola sin atropellarla.

Pero además, el programa ha tenido en cuenta todos los aspectos que un niño necesita para sentirse alentado: es visualmente muy bonito. Con colores y motivos que estimulan y sorprenden a los niños. Bueno y a los más grandes porque llegan hasta sexto de primaria. El otro día, mientras "trabajaba" mi hija se encontró con una torre llena de princesas que contar. Una novedad que le encantó.

El programa no penaliza pero sin embargo, sí premia. Y los niños van consiguiendo estrellas por sus aciertos. Luego podrán cambiarlas por ropa para su avatar, un muñeco virtual que ellos mismos diseñan y al que visten y modifican a su gusto. Ese es el premio diario a su trabajo, no importa si les salió bien o mal. El esfuerzo tiene siempre su recompensa en Smartick. Un aliciente que a mi pequeña le sirvió para, digamos, entrar en materia, pero que ahora mismo ha pasado a segundo plano. Lo hace con gusto y con la satisfacción de sentirse cómoda y de conseguir cada día un reto más.

Os parecerá quizá una cosa menor, pero para mi, siempre en la brega en este tema, encontrar un aliado como este programa ha sido un descanso muy importante. No sé quién ha diseñado el programa, la verdad, pero se ha ganado toda mi admiración. De hecho, cuenta con varios premios como reconocimiento a su valor.

Y por eso quería compartirlo con vosotras. Es el ejemplo perfecto de que estudiar no tiene que ser nunca sinónimo de pasarlo mal sino más bien, todo lo contrario.
El desarrollo del pensamiento lógico unido al crecimiento de la mente matemática, por decirlo así, es claro. Aprender a pensar parece algo que ocurre automáticamente, pero la realidad es que organizar el pensamiento, ordenar de forma secuenciada la información que recibimos o queremos emitir, discriminar categorías de objetos y muchos otros conceptos requieren una visión matemática de la vida.

Por ello, os recomiendo que probéis este sistema con vuestro niños, sobre todo si están teniendo algún problema de aprendizaje.  Para mí es un aliado. Un gran apoyo que además hace a mi hija observar sus avances con optimismo. Os pongo el enlace, para que podáis verlo. Espero que a vosotros también os sirva y que ayude a vuestros niños como está ayudando a mi pequeña.

Ver Smartick pinchando aquí

miércoles, 11 de noviembre de 2015

LA EMPATÍA Y LA RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS




Educar es una tarea de titanes. A veces, de tanto repetir las mismas cosas nos sentimos un poco como aquel Sísifo, condenado a empujar la pesada misma piedra por la misma inclinada colina...eternamente. Parece que no avanzamos. Que el camino recorrido se vuelve atrás y comenzamos cada vez desde el mismo punto de partida. 
Y eso puede resultar agotador.
Sobre todo, porque para ser eficientes educando, tenemos que tener antes que nada, nuestro propio control emocional perfectamente estructurado. O hablando en términos más caseros: no perder los nervios cuando las cosas se ponen peliagudas.

Casi nada. 

Todas tenemos en la mente esa imagen ideal de la madre paciente, de teleserie, que aborda con una sonrisa, una fina ironía y en el peor de los casos, un leve fruncimiento de entrecejo, los avatares de la relación paterno-filial. Pero tengo que decir algo en relación a esa imagen tan ideal: que es eso, simplemente una imagen de teleserie. Nada que ver con la realidad.

Cuando las cosas se ponen difíciles, nuestras propias emociones se ponen al frente de la situación en numerosas ocasiones transformándolas en un muro que nos impide acercarnos al momento de una manera eficiente. Evita que podamos recurrir a una de las herramientas más eficaces e importantes para educar: la empatía.



Pongámonos en el caso. Los berrinches son uno de esos momentos desesperantes que muchas madres y padres vivimos recurrentemente. Hay niños que nunca los tienen: una rara bendición. Pero hay mucho otros que son, permitidme la broma, profesionales de los mismos. Y ante un niño que grita y patalea sin control, a veces durante horas, son pocos los adultos que consiguen mantenerse impasibles.

Unos padres que tratan de sobrevivir a un berrinche de grado diez estarán como poco irritados, angustiados y, en el caso de que el espectáculo se organice en un lugar público. avergonzados y presionados por la mirada ajena (los supermercados son infalibles catalizadores de berrinches). Y en este estado ¿cómo encontar la escucha activa y atenta que la empatía requiere para activar sus maravillosos mecanismos?


Otro día os contaré la receta para momentos de berrinche, pero hoy os diré que simplemente, se trata de entender lo que está causando el malestar a nuestro hijo: aunque nos parezca una tontería, un capricho egoísta o cualquier otra emoción más o menos negativa. Se trata de escuchar y atender positivamente. Esto no quiere decir dar la razón o alentar, sino entender. Y hacer ver al niño angustiado, irritado o furioso, que lo entendemos y damos valor a sus sentimientos. Esto últimos es primordial: lo peor que se le puede decir a un niño angustiado es "por esa tontería no se llora", por ejemplo. Si se siente mal, se siente mal y atendemos ese malestar emocional de forma positiva por absurda que nos pueda parecer la causa. Y sin dejárselo entrever. Muchas veces no es fácil: si lloran porque se les ha partido una galleta, les consolaremos entendiendo, pero no alentando, el sentimiento.Y sobre todo ¡no acabaremos pegándola con celo! 

Es una comunicación mágica. No es la cura de los males desde luego: hay que trabajar después en cada situación, pero es el paso que permite acceder al mundo emocional del niño alterado. Un paso imprescindible para avanzar.

UN EJEMPLO PRÁCTICO

En el colegio de mi hija hay una niña que constantemente está causando problemas. Peleas con otros alumnos, insultos, desafíos a los profesores...la niña solo tiene seis años. En mi casa, su nombre se convirtió el curso pasado en una presencia permanente. Ella era la protagonista de las historias que mi hija contaba del colegio. Historias en las que ella siempre era la sufridora. Sus comentarios eran tan malintencionados que consiguió incluso una regresión en mi hija que se llenó de miedos y de inseguridades. Reuniones en el colegio, intervenciones de la orientadora, psicólogos escolares...pero el curso pasó sin cambios en ese sentido.

Os confieso que hubo momentos en que sentí que esa niña era el enemigo. Un enemigo con capacidad para hacer daño, del que no sabía cómo defender a mi hija. Pero... es solamente una niña de seis años. Perdida en su propio laberinto emocional.

Así que, este año, decidí intentar darle la vuelta a la tortilla. Comencé acercándome a ella por las mañanas, en la fila, sonriéndole y haciéndole algún comentario amable. Al principio reaccionó sorprendida y desconfiada. Pero en dos días, su sonrisa empezó a ser habitual. Yo, cada vez que la veo, le digo la suerte que tenemos de que en la clase haya una niña tan fuerte y tan alta (es mucho más grande que los demás) en la clase. Que así podrá cuidar a los más pequeños, especialmente a mi hija que está, le dije, encantada de que sea su compañera. (no veais la cara de mi hija cuando lo oyó la primera vez. Después, se identificó con la idea y ella misma comenzó a cambiar),

Un día, le dije que teníamos muchas ganas de invitarla a merendar. Si hubiérais visto el brillo de esos ojitos. ¿Su respuesta?: A mi mamá lo que le gusta es el té ¿tú puedes hacerle un té?

Unos días más tarde, en la puerta del aula, cuando llegamos nos esperaban ella y la maestra. Al parecer el día anterior habían discutido por unas tijeras y la maestra quería que se disculpara con mi hija. La niña  no quería. La maestra de pedagogía terapeútica trataba de ayudar instándola a pedir perdón, pero la niña se negaba. Mi hija, atrapada y sorprendida, mochila al hombro aún, decía sin que nadie la escuchase que ella ya la había perdonado. 

La niña cerraba los ojos tratando de escapar de la situación. La profesora le decía que eso no le iba a salvar de pedir disculpas. Y ella negándose en rotundo a hacerlo se bloqueaba cada vez más.

¿Qué se podía hacer? Empatizar. Simplemente.

- Estás muy triste ¿verdad?
-Si...
-¿Te sientes muy mal por lo que hiciste y no quieres hablar de ello...?
-Si...
-No pasa nada. A todos nos salen mal las cosas algunas veces. Nos enfadamos demasiado y molestamos a los demás. A los mayores también nos pasa. Pero luego, cuando nos damos cuenta, nos disculpamos y ya está. Tú eres una niña buena, pero te salieron las cosas un poquito mal ayer¿verdad?
-Siii . Perdón (suavecito y sincero). - Y se abrazaron."

No sé cómo fue ese día para las dos niñas, pero seguro que más sencillo que si hubiera comenzado con un castigo y una niña llorando y culpando a la otra de su disgusto.